lunes, 9 de diciembre de 2013


CUENTO INVISIBLE
Héctor Zabala © 

Un autor imaginó un cuento de fantasmas tan perfecto que, cuando intentaba escribirlo, los fantasmas del relato tornaban invisible la tinta. Nunca logró publicarlo.

“Cuento invisible” (minicuento): Premio en el III Encuentro Teórico del Género Fantástico ANSIBLE 2006. La Habana, Cuba, 2006. Finalista en el IV Concurso Internacional de Minicuento Fantástico “miNatura 2006”, Madrid, España.




PAMPIA GRUPO EDITORIAL
recomienda los siguientes libros

UNOS CUANTOS CUENTOS
Héctor Zabala ©
ISBN 978-987-648-149-6
Formato: ePub (Adobe DRM) (eBook Argentino, 2016)

Incluye dieciséis historias breves en las que el autor argentino desarrolla las peripecias de variados personajes. El ajustado desarrollo de las narraciones nos permite encarnar a los protagonistas y disfrutar de un suspenso que se acrecienta en cada página. Las narraciones mantienen en vilo, más allá de que la historia transcurra en un decisivo certamen de ajedrez celebrado en la Varsovia de los años '30 o en la corte de un sultán.


ROLLOS SACRÍLEGOS
Héctor Zabala ©
ISBN 978-987-648-151-9
Formato: ePub (Adobe DRM) (eBook Argentino, 2016)

Consiste en la reunión de diecinueve historias donde lo fantástico se conjuga con lo místico para dar como resultado un universo propio, en el que la sorpresa, el humor y lo trágico inundan las peripecias de los variados personajes que animan estos relatos.


EL TROTALIBROS Y ALGUNOS MITOS
Héctor Zabala ©
ISBN: 978-987-648-152-6
Formato: ePub (Adobe DRM) (eBook Argentino, 2016)

Incluye dieciséis relatos que nos pasea por los escenarios más disímiles. Así, asistimos a la tragedia de un muchachito que cree descubrir que su vecino es un hombre-lobo; tomamos parte en una batalla entre el faraón Ramsés y los ejércitos hititas; acompañamos a Efebo a la corte de la reina de las amazonas, donde nada es tal como parece...


DIVÁN EN CRISIS
Diana Decunto, Alicia Zabala y Héctor Zabala ©
ISBN 978-987-648-150-2
Formato: ePub (Adobe DRM) (eBook Argentino, 2016)

Es una comedia dramática en un acto dividido en cuatro escenas, en cuya dinámica se plantean los conflictos entre la doctora Rivas, psicoanalista, y su paciente Patricia, también de mediana edad. La profesional —mucho más atenta a sus propios problemas que a solucionar los ajenos— humilla y acosa a su paciente, que cuando tiene un conato de rebelión no logra persistir en su actitud. Ágil desarrollo para un texto teatral no exento de fina ironía y amarga parodia sobre hechos de la vida real.


Héctor Zabala. Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Narrador y ensayista. Doce premios y distinciones en cuento y minicuento, algunos en certámenes internacionales. Unos noventa blogs y revistas le han publicado obras o reeditado artículos. Director de la revista literaria Realidades y Ficciones (ISSN 2250-4281) y del Suplemento respectivo (ISSN 2250-5385), ex redactor de REVISTA SESAM. Contador público nacional (UBA), maestro internacional de ajedrez (ICCF).


Diana Decunto. Argentina por opción (nacida en Uruguay) y residente en la ciudad de Buenos Aires. Cuentista y poeta. Colabora con diversas páginas literarias en la web. Posee varias obras sin editar. Ha realizado cursos de arte, incluyendo teatro. Licenciada en sistema por la Universidad Católica de Salta, especializada en sistemas bancarios.


Alicia Zabala. Nacida en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, donde también reside. Ha tomado clases de teatro y diversos cursos de arte. Analista de sistema por la Universidad Tecnológica Nacional, especializada en sistemas bancarios.


viernes, 8 de marzo de 2013

DIVÁN EN CRISIS
Diana Decunto ©, Alicia Alejandra Zabala © y Héctor Zabala ©

Personajes:
Rivas: psicóloga, mujer de mediana edad.
Patricia: paciente, mujer de mediana edad.


ACTO ÚNICO
ESCENA I
La acción se desarrolla en el consultorio de la psicóloga.

PSICÓLOGA: Adelante. (Pasa una mujer muy tímida, camina lentamente, nerviosa.) Adelante, Marcela. Siéntese.
PACIENTE: (Algo asombrada.) Patricia… doctora. Pa-tri-cia… ¿no recuerda?
PSICÓLOGA: Ah sí, sí… Uf, tuve tantos pacientes hoy… A la mañana el hospital, a la tarde el consultorio… Es mucho, a veces me confundo.

PACIENTE: Doctora…
...

lunes, 28 de enero de 2013


LA ARAÑA
Héctor Zabala ©


El termómetro marca treinta y ocho de fiebre. El sábado no debió haber ido al potrero de la vuelta, pero los amigos estrenaban la cinco de cuero y nada ni nadie lo iría a convencer. No todos los días se estrena una y encima la primera del barrio. ¿Cómo iba a faltar?
—Y ojo con destaparte o salir de la cama —oye que le dice mamá—. Cualquier cosa, estoy en la cocina.
Por la ventana apenas si entra luz. Es pleno día pero la claridad es débil, tan débil como él ahora. Amenaza lluvia. Una lluvia como la del sábado cuando se quedó jugando y empapándose en el potrero. De pronto, mamá que vuelve a entrar. Se acerca en puntas de pie. Lo cree dormido. Le pone los labios sobre la frente. Un poco por saber si la fiebre persiste pero mucho más por hacerle mimos. Pablito tiene los brazos afuera de las frazadas. Mantenerlos debajo seguro lo haría sudar y él detesta sudar.
De pronto siente que bajo su brazo derecho camina algo. Por la forma en que lo hace, delicada y metódica, presiente, sabe, que es una araña. Se queda quieto. Lo suficiente como para que mamá no se dé cuenta. Si mamá la descubre la matará y él, Pablito, nunca mata bicho alguno, no importa cual. Antes, cuando era más chico, su primo el Rafa se reía si lo veía atrapar una hormiga o una mariposa dentro de casa para sacarla al jardín. Se reía por grandulón, porque le lleva tres años y se hace el hombre aunque no le sale. Sobre todo porque le sonaba ridículo que él, Pablito, se tomara el trabajo de agarrar una hoja de cuaderno y un vaso de vidrio (porque tiene que ser vidrio o algo transparente), y encerrar al bichito para después liberarlo.
A veces el bicho volvía. Sobre todo las polillas que eran tozudas en eso de buscar una y otra vez la lámpara del living. Encima el Rafa, por entonces, lo gastaba: “te digo un versito, mañana, afuera de casa, los pajaritos se comerán tu bichito”. Entonces se peleaban. Pero después volvían a ser amigos, porque en el fondo el primo no era mal pibe, apenas un poco burlón por aquello de la edad del pavo, como le dicen.
Una vez el Rafa le dijo con ironía, no exenta de consideración: “te vas a quedar sin cuaderno si seguís salvando bichos” y de paso le sugirió una baraja. Pero él aquella tarde le demostró que una baraja no alcanzaba a cubrir la boca del vaso y el primo tuvo que cerrar la propia.
Como buen agrandado que era, el Rafa no estaba para leer los viejos libros de la Robin Hood. Él leía El Señor de los anillos, y desde mucho antes de que saliera la película. Es más, aquel día del cine que Pablito la elogió tanto, el primo se le echó a reír diciendo que no mostraba ni la mitad de lo que decía el libro. Pablito ya sabía que las películas nunca traían todo, lo mismo le había pasado con Pinocho, pero a él igual le había gustado la película.
Ahora la araña había recogido las patas, como suelen hacer las arañas cuando quieren simularse muertas. A Pablito le era imposible alcanzar el jardín sin pasar por la cocina o abrir la ventana para dejarla en el repecho. Además necesitaba el vasito y la baraja, perdidos entre los juguetes del garaje. Pues aunque se atreviera a sacarla con las manos, la puerta de la pieza estaba abierta y mamá podría verlo. De aprovechar alguna salida de mamá, como la de ir a descolgar ropa de la terraza, la ventana armaría escándalo porque sabía que la falleba y las bisagras andaban faltas de aceite. Papá siempre estaba con eso de bueno, mi amor, ya lo voy a hacer el sábado, pero el sábado nunca lo hacía. Porque mamá siempre se acordaba de pedírselo en la semana y para el sábado se olvidaban pues los sábados había que ir aquí o allá y después nunca quedaba tiempo para nada.
Ahora el asunto era terrible. El primo se había vuelto a su casa, volvería recién para las vacaciones, como todos los veranos, y no podría ayudarlo en ésta. Sí, porque el Rafa había cambiado. Ya no se reía como antes. Había dejado de burlarse cuando descubrió que su adorado J. R. Tolkien había hecho en la vida real lo mismo que su primo Pablito. Para el cumple le habían regalado un libro sobre la vida de Tolkien donde lo decía. Y desde aquella vez, Pablito subió varios puntos en el ranking secreto del Rafa y también viceversa. Porque después de eso, el Rafa hasta lo ayudaría a perfeccionar el sistema buscándole vasos de boca chica. Más tarde vino con que se los había comprado por casualidad a un vendedor ambulante, pero nunca supo explicar por qué llevaba también una baraja en el bolsillo. Dos vasos de plástico transparente compró; uno para Pablito, y otro, bueno, otro por las dudas, de repuesto. Y desde esa vuelta, cualquier baraja servía para cubrir la boca de esos vasos.
Y mamá de nuevo que se asoma y lo mira preocupada. Y la araña que sigue escondida bajo el codo. Y Pablito que tiene miedo, que piensa que su protegida bien podría picarlo. Se cuentan cosas horrendas sobre las arañas. En especial las vecinas viejas, que siempre andan chismorreando de tal o cual chico que lo picó una arañita: fíjese, no más grande que una cabeza de alfiler, pero si usted supiera cómo le puso el brazo, así de hinchado se lo puso. Si no van rápido al Hospital de Niños (sí, el de Capital, el de la calle Paraguay), no sé si lo salvan, mire. Diga que el cuñado tiene auto y entonces lo llevaron en un santiamén.
Con las avispas pasaba algo parecido, por eso había que tener cuidado y usar siempre el vasito y la baraja. Pero a mamá no le gustaba para nada el asunto:
—Tu hermana es chiquita y te imita en todo, así que basta, porque un día la va a picar un bicho venenoso y entonces sí que la completamos.
De ahí que Pablito siempre trataba de ocultarse de mamá cuando sacaba una araña o una avispa. En cambio salía pavoneándose si era una mariposa. A ver, querido,  mostrame. Qué linda. Tené cuidado que no se lastime y no la vayas a apretar mucho porque si pierde el brillito de las alas se nos muere.
Desde hacía tiempo, Pablito había logrado convencer a mamá de que lo dejara también salvar polillas. La madre lo consintió a desgano porque ella seguía con aquello de los animales útiles e inútiles como pensaban en el siglo XIX. Y las polillas figuraban entre los inútiles, tal como también figuraban en el Tesoro de la Juventud, según lo había leído una vez con papá. Además se comen la ropa, le decía terminante mamá. Afuera no la podrá comer, contestaba él. Y ella ocultaba la sonrisa. Pero una tarde por fin, mamá reconoció que una polilla era linda de cerca; no tan llamativa como una mariposa, claro, pero sí bonita en su estilo, de alas con filigranas y todo eso.
Pero con las arañas era otra cosa. Con las arañas, mamá no transaba, ni transaría: no voy a arriesgar a mis hijos con un bicho así de peligroso.
La araña que se mueve un poco más por debajo. Mamá firme al pie de la cama y de brazos cruzados. Pablito que mantiene el codo un centímetro por arriba, sin tocar la frazada. La posición del antebrazo lo cansa, pero no puede hacer otra cosa porque mamá está demasiado atenta. ¿No querés levantarte un segundo de la camita, así te la arreglo, mi amor? No, gracias, mami. Estoy bien. ¿Seguro?, mirá que no me cuesta nada. Oh, perdoname, estoy nerviosa, mirá si te voy a hacer chupar frío. Mejor te acomodo bien las cobijas.
Y enseguida mamá que se inclina, tironea de un lado, después da un rodeo para seguir tironeando de aquí o de allá. La araña que se conmueve con el zangoloteo de tanta frazada movediza, Pablito que pierde contacto, que se desespera. Aprovecha un segundo que mamá está en cuclillas, intentando meter un pliegue rebelde entre el colchón y el larguero, para levantar levemente el antebrazo y mirarla: sólo para descubrir que no está. Se incorpora un poco. Le da un mareo pero se la aguanta. Mamá que lo reta, que le pide que se recueste bien, que no tome frío. Él que debe arrebujarse bien adentro. Mamá que le da un beso y le promete un rico café con leche para antes de que vuelva papá. No, mejor té con leche, el café te va a caer mal. Para más tarde quizá, pero sólo quizá, por ahí un rico pastel de papas.
Mamá que se va y Pablito que vuelve a incorporarse. ¿Dónde se metió la bendita araña? No vaya a ser cosa que se haya largado al piso y cualquiera que entre la aplaste. Son muy inteligentes, piensa, largan un hilito de seda y ya están en el suelo. Él se destapa un poco más para buscarla. No aparece por ningún lado.
De pronto, al mover la frazada la ve correr un trecho, sólo un trecho, como hacen las arañas cuando están muertas de susto. Ahora está muy expuesta sobre el doblez de la sábana. Es como un lamparón para cualquiera que entre.
Sabe que es peligroso, pero se trata de una emergencia. Ahueca las manos, tiene miedo, pero las ahueca. Se le acerca con sigilo. La araña pega un saltito nervioso hacia un costado y después hacia el otro. Al fin, haciendo una pelota con las manos, la atrapa. La siente correr entre las palmas. Enseguida la deja detrás de la cabecera entre la cama y la pared. Se oye la voz de mamá: ¡mirá lo que te traigo!
Justo alcanza a taparse cuando entra mamá presidida por el té con leche. ¿No te habrás levantado, no? La bandeja tiene de todo: galletitas dulces, pan crocante. La mermelada es de durazno, la que más le gusta; mamá la fue a comprar especialmente para él. La hermanita lo saluda desde la puerta con un beso tirado al aire. Mamá la reta para que vaya rápido a hacer los deberes. La nena tiene prohibido entrar. Lo único que falta es que se me enfermen los dos. Se hace la mala aunque es más buena que el pan que ahora embadurna con manteca. Mamá después le mete mermelada. Lo mima otra vez, eso le gusta, pero igual sigue nervioso porque mamá se toma un siglo para todo. La araña puede salir de su escondrijo y entonces sería su fin.
Llega papá. Se abrazan con mamá y se hacen varios mimos de nariz con nariz. Ya sé que se quieren, ¿pero justo ahora se les ocurre? ¿Qué tal campeón? Uy, todavía con fiebre. La mano de papá sobre la frente de Pablito no necesita termómetro. Pablito traga lo más rápido que puede. Cuanto antes termine, más rápido lo dejarán solo. No tan de prisa, dice mamá; y papá, con gesto adusto y poniendo las palmas apenas hacia adelante, le recuerda que es grande para no hacer caso. Por fin termina la merienda. La araña se portó bien. Al menos, todo lo bien que puede portarse una araña en una casa de familia. Se ve que con las risas y los besos no se atrevió a salir de su rincón. Lo único que espera es que no se le haya ocurrido bajar y pasearse como una tonta por el piso.
Por fin lo dejan solo, pero el drama sigue, ¿cómo hará para sacarla? Bueno, tal vez se mantenga escondida hasta que él se cure y entonces tranquilo irá a buscar el vasito y la baraja.
La fiebre lo sigue teniendo a maltraer, lo hace caer en un sopor desagradable. Su último pensamiento es sólo para la pobrecita araña. A las siete en punto, mamá lo despierta con un beso para tomar la pastilla. Pronto tiene un enorme vaso de leche caliente entre las manos y una caricia en el pelo. Ya está devolviéndole el vaso vacío, cuando ve que mamá está mirando hacia otro lado. Recién entonces cae en la cuenta de que mamá contempla perpleja la pared lateral. Mamá apenas atina a decir: Oh, una araña… y de las grandes.
Mamá recoge las cosas y le previene que ni se le ocurra levantarse. La mirada de mamá es un cepo. Ahora, seguro irá y buscará un matamoscas, un aerosol, una zapatilla, cualquier cosa, y será el fin de un ser inocente.
Pasa un minuto, dos, diez, y mamá que no llega. Por favor, arañita, ¿qué te cuesta esconderte? Pero no, la terca se queda a menos de dos metros del suelo y en el centro mismo de la pared, como un símbolo al sacrificio.
De pronto mamá entra al dormitorio. Pablito le mira las manos. La luz ya es muy mezquina, pero igual alcanza a descubrirle un brillo. En cuanto te cures, ordenarás tus juguetes, le dice inapelable. Enseguida, con gran habilidad, mamá aplica el vasito contra la pared, encerrando a la araña adentro, y rápida pasa la baraja entre el borde de plástico y la pared. Una vez atrapada, lo conmina:
—Bueno, a taparse. Y ni se te ocurra contárselo a tu hermana —después mamá sale hacia el jardín con una sonrisa de triunfo.
Para mañana, Pablito estará bien.

"La araña" (cuento): Mención especial en el Concurso Internacional de Cuento Corto de la Biblioteca de Letras Latinas, en Auckland, Nueva Zelanda, 21 de noviembre de 2014.



viernes, 16 de noviembre de 2012

ZEUS, EL GORRIÓN Y EL PAVO REAL
Héctor Zabala ©

Porque Zeus puso a los mortales en el camino de la sabiduría
cuando estableció como ley adquirirla con el sufrimiento…
e incluso a quienes no lo quieren, les llega el turno de ser prudentes…
Esquilo (Agamenón)

Contaban los antiguos que, una vez creados los animales volátiles, pretendió Zeus darles vestidos. Pero como era muy complaciente, no quiso imponerles moda alguna sino más bien indagar sobre sus gustos personales para luego proceder en consecuencia.
Así, a medida que las distintas aves iban desfilando por delante del Olimpo, a cada cual le preguntaba qué ropaje le resultaría de su agrado. Casi todas pedían atuendos prácticos y –en lo posible– bonitos, pero el pavo real exigió un vistoso y variopinto plumaje como para ser visto desde lejos y así erigirse en la envidia y admiración de todo el mundo viviente.
Pero cuando el amontonador de nubes convocó al gorrión, éste le suplicó vestir el más humilde y discreto de los trajes.
Y al ver la perplejidad de Zeus, el pequeñín se apresuró a explicar:
–Oh, padre, ya que has creado tantas águilas y fieras con sus admirables mandíbulas y garras, imagino que lo más sensato será dejarles toda esa admiración al regio pavo también.
Después de escuchar al gorrión, Zeus le guiñó un ojo y le otorgó muchos más graciosos y sutiles meneos a manera de resarcimiento y premio. Pues no dudaba que el pequeñín habría de sacarles provecho como ninguno de sus vástagos.


lunes, 30 de abril de 2012


EDÉN Y DILUVIO
Héctor Zabala ©

Esta historia celestial, omitida por la colección de obras que la cristiandad conoce como Antiguo Testamento, figuraba en un libro apócrifo ya perdido:
[Capítulo I, versículo 23] El Jardín de Edén brotó en la Tierra a causa de unas pocas lágrimas de alegría, vertidas por los ángeles del cielo al saber del nuevo hermano de hueso y carne, tan inteligente como ellos.
[Capítulo I, versículo 24] El Diluvio se produjo no mucho después, a causa del llanto desconsolado de esos mismos ángeles, al comprender que dicha inteligencia jamás haría feliz a ese hermano de hueso y carne.


“Edén y Diluvio” (minicuento): Finalista en el Premio Nacional de Poesía y Narrativa “Buenas Letras 2015” de la Sociedad Argentina de Escritores – SADE – Regional Bahía Blanca.

martes, 27 de diciembre de 2011

REYES MAGOS
Héctor Zabala ©

I

Por aquel tiempo era yo un completo ignorante del llamado Evangelio Armenio de la Infancia, esa escritura antigua por la cual —según algunos— naciera aquello de los Reyes Magos.
Porque si algo sabemos de esos hombres que visitaran de bebé a Jesús el Nazareno, es que sin duda fueron magos, humildes y oscuros magos aunque en absoluto reyes. Entendiéndose por mago a esa mixtura de astrólogo y hombre de ciencia, como era costumbre en el Oriente de entonces.
Con sólo leer ese Evangelio Armenio —antihistórico para la ciencia y apócrifo para muchas confesiones cristianas— entenderemos por qué sólo pudieron ser magos. Porque es imposible imaginarnos una triple escolta monárquica de doce mil jinetes de guerra (sin contar auxiliares ni servidores) pasando —y paseándose— desapercibida para las fuertes guarniciones romanas que controlaban Damasco y vigilaban Jerusalén, por más Magos que pretendieran ser dichos Reyes. Y fácil es comprender que de haber intentado temerario despliegue extranjero, ninguna cabeza habría subsistido para contarlo, incluidas las tres de esos regios comandantes.
Los textos serios señalan el puntual homenaje en presentes al divino niño. Aunque también su rápida vuelta a casa por orden de aquel angelito malhumorado, quien no ahorraría amenazas si retornaban al tetrarca Herodes para chismearle del betlemita pesebre-nursery.
Así, tanto el origen como el destino de estos Reyes se pierden por completo entre leyendas pero su mundo mágico perdura hasta hoy. La tradición quedó y, con el tiempo, los tres personajes ampliaron su negocio a todo niño cristiano, si bien parecen más generosos con los sureños de Europa que con los norteños. O quizá tengan prurito de invadir la jurisdicción del septentrión, a cargo de su colega Santa Claus, Papá Noel, Sancta o como se quiera lo llamen por allá.

II

—¿Y cuándo te compran la de cuero? —le oí preguntar a un vecinito mientras pateaba una pelota de goma en la vereda, cuidando de no estrellarla contra la opulenta figura de doña Juana que volvía de las compras.
—El problema es que papá dice que son muy caras. Y que no sabe si este año los Reyes van a poder traérmela.
—Bah, eso de los Reyes es una mentira. Lo que pasa que tu papá es un amarrete.
—Sí, ya sé que los Reyes son los padres pero yo igual la pedí.
Ese diálogo casual, oído a mis ocho años desde la experiencia de unos vecinitos dos años mayores, fue suficiente para entender el asunto. Aunque no necesariamente para creerlo. Pero entonces, ¿no era verdad?
Ese mismo día, cinco de enero, mi viejo me llevó a la juguetería del barrio para mostrarme el trencito de cuerda en la vidriera. También intentó convencerme de que era el regalo pensado por los Reyes para mí. Al parecer, los padres tenían comunicaciones telepáticas con ellos.
Yo miraba la bicicleta roja puesta a la derecha del trencito. Ya sabía andar bien en bici, pues en la de mi primo Jorge me mantenía sin caerme. Como media cuadra me mantenía. Le insinué la bici, pero papá dijo que era un regalo muy caro y que aquel año los Reyes andaban pobres. Sí, cada vez había más chicos y apenas daban abasto en eso de hacer y hacer juguetes.
Sin decirnos nada más, retomamos el camino a casa con la idea de mandar la carta a los Reyes. Para ese tiempo, ya escribía con soltura, así que rechacé toda ayuda familiar. Mamá no insistió después del:
—Es grande, Elvira, dejalo, ¿no ves que ya sabe escribir bien?
Entonces me encerré en mi cuarto, tomé la lapicera de pluma cucharita (a un Rey Mago jamás se le escribe con lápiz) y tracé en tinta lo siguiente:

Queridos Reyes Magos,
Ya sé que este año ustedes están pobres, pero ¿podrían regalarme la bicicleta roja? Gracias. Dejo pasto y agua para los camellos como siempre. Hasta mañana.
Pedrito

Por supuesto, tendrán que disculparme si no transcribo con rigurosidad la carta, porque ya me olvidé de alguna falta ortográfica o de puntuación, que seguro llevaba incluida.
Ensobré. Puse el destinatario: Sres. Reyes Magos, ¿para qué más, si igual llegaba? Y salimos a la calle con papá en dirección al correo. El empleado de la ventanilla, el de bigotito, le guiñó un ojo con disimulo mientras nos informaba:
—Ésta va directamente al buzón, sin estampilla.
Le hicimos caso. Coloqué mi carta —que al parecer batía todo récord para llegar a Medio Oriente pues sería entregada en el día— y me fui muy contento. Ese sí era un servicio de correos eficiente.
Aquella noche tardé en dormirme. Ya habíamos acondicionado la montañita de pasto en el jardín. No era mucho, pero desde hacía años mis tíos me venían diciendo que los camellos del desierto comían muy poco. ¡Oh, qué tanto!, yo también tenía información de primera mano, y sin depender de papá y mamá. En cuanto al agua, un balde era más que suficiente y lo llenamos entero.
Mis zapatos los dejé en el living, porque la otra habitación, la que después sería de mi hermanito, quedaba cerrada. Me levanté a medianoche y fui a espiar en puntas de pie. Aún no habían llegado, los zapatos seguían ahí, solos, esperando. Retorné a las sábanas casi enseguida.
Como a las tres de la madrugada me volví a despertar. Distinguí la silueta de papá en dirección al living. Enseguida sentí unos ruidos leves, como a celofán que se rompía. También alcancé a reconocer la misma silueta en sentido inverso, regresando sin hacer ruido. Me moría por levantarme pero no... Mejor, no.
Después me quedé dormido. Cuando me levanté de nuevo, serían las cuatro. Semidormido y descalzo, caminé hasta el living. El trencito de hojalata brillaba ufano sobre los zapatos. Miré por la ventana: el montoncito de pasto se vía indemne. Al balde con agua no se lo distinguía por la falta de luz en la galería que daba al jardín.
Me estaba por meter en la cama cuando los vi. El trío regio ascendía con parsimonia. Las siluetas de los tres con sus coronas y capas brillantes, montados en camellos, eran inconfundibles. Se alejaban sobre un gran arco de polvo luminoso, semejante a una alfombra de oro. Baltasar cerraba la marcha. Por unos instantes se dio vuelta. Me saludó con su negra mano en alto y su sonrisa blanca. Me quedé apoyado en el alféizar de la ventana, aunque enseguida no quise ver más. ¡Era un sueño! Hermoso, pero sólo un sueño. El trencito, el que me comprara a escondidas papá, era una prueba irrefutable. Inútil hacerse ilusiones: los Reyes sencillamente no existían.
A la mañana, me levantaron los dos muy alegres:
—Pedrito, Pedrito, despertate. Llegaron los Reyes, llegaron los Reyes.
Y fui de mala gana a conocer el regalo conocido. Jugué un rato para darle el gusto a mamá, la que más insistía en alabarle virtudes al nuevo y viejo chiche.
Pronto reinó la rutina y nos sentamos a desayunar todos. Con la segunda tostada, papá se levantó. Necesitaba sacar unas herramientas del galponcito o no sé qué. Al rato se lo escuchó gritar desde afuera:
—Pero… pero… ¿qué es esto?
Salimos corriendo con mamá. Un largo camino de polvo dorado, semejante a oro finísimo, cubría a lo largo el jardín grande. Seguía por la ligustrina y se expandía por los jardines y tejados vecinos hasta perderse en el horizonte. Mis viejos no entendían nada. Nuestro vecino de la derecha, don Ramos, tampoco. El polvo iba desapareciendo grano por grano, aunque muy lentamente. Si se lo trataba de levantar o barrer, no se podía. Al fin, apenas fueron quedando rastros. Giré mi cabeza, el balde para los camellos se revelaba casi vacío. La pirámide de pasto cortado, intacta desde la ventanita del comedor diario, ahora mostraba desde este otro ángulo haber perdido buena parte. Entonces corrí hacia la galería y descubrí pisadas de cascos enormes, partidos, en el jardincito del frente. Me detuve y miré con atención: bordeando las pisadas había polvo de oro.
Entonces no dudé. Volví a correr desesperado. Me metí como loco en el angosto pasillo que separaba la pared ciega de casa de la verja vecina, la de doña Rosalía. Doblé el codo del pasillo y allí estaba la bicicleta roja con una tarjeta, escrita en caracteres armenios, en medio de una nube de polvo dorado.

“Reyes Magos” (cuento): Primera Mención en el XVI Concurso Nacional de Narrativa y Poesía de Poetas del Encuentro de Villa Ballester. San Andrés (Provincia de Buenos Aires), Argentina, 7 de julio de 2007. Segundo Premio en el IV Certamen de CIEN; Buenos Aires, Argentina, 20 de abril de 2004.


jueves, 16 de diciembre de 2010


CUENTO INVISIBLE
Héctor Zabala © 

Un autor imaginó un cuento de fantasmas tan perfecto que, cuando intentaba escribirlo, los fantasmas del relato tornaban invisible la tinta. Nunca logró publicarlo.

“Cuento invisible” (minicuento): Premio en el III Encuentro Teórico del Género Fantástico ANSIBLE 2006. La Habana, Cuba, 2006. Finalista en el IV Concurso Internacional de Minicuento Fantástico “miNatura 2006”, Madrid, España.